El poder de la palabra y su contexto. Análisis del discurso de Martin Luther King “Tengo un sueño

mayo 28, 2009

Por: Jorge Augusto Martínez Lugo

El discurso “Tengo un sueño” de Martin Luther King, pronunciado en 1963, es uno de los más famosos de la historia moderna de la humanidad, al igual que lo es el “Discurso de Gettysburg” de Abraham Lincoln “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” pronunciado, significativamente, un siglo antes, en 1863.

Por eso, entre otras razones, Luther King eligió pronunciar el suyo a la sombra del monumento al presidente-ícono que abolió la esclavitud, para volver a exigir los mismos derechos de libertad e igualdad, consagrados en la Declaración de Independencia de 1776 y ratificados en su Proclamación de la Emancipación de 1863.

            Aunque separados por un siglo de historia, ambos personajes tenían en común el poder de la palabra; el saber movilizar con éxito a la opinión pública a través de su espléndida retórica; el conocer los secretos del lenguaje en acción.

            Otra característica que tienen en común, y que me llamó poderosamente la atención, es que ambos fueron asesinados (el de Lincoln, es considerado el primer magnicidio de EU), muy probablemente, por la misma nomenclatura, y muy posiblemente, por ser geniales como domadores de esa nueva fiera llamada “masa”, el “monstruo colectivo” que irrumpe desde entonces como una sociedad cada vez más urbana y que para comunicarse con ella desde el poder, es necesario entender las nuevas claves de la interacción social.

            Por ello escogí a Luther King para este trabajo del Maestro Rodrigo Esparza Parga, por ser un emblema del discurso político-social en su contexto, y destacar, bajo el método del “discurso como interacción social” de Teun A. Van Dijk, aspectos fundamentales de los recursos retóricos y del contexto en que son escuchados e interpretados razonablemente.

           

La palabra y el lenguaje

Si bien la palabra es lo que hace humano a las personas y marca la diferencia con los demás animales, la palabra, al igual que el hombre, ha debido evolucionar en el desarrollo de la cultura y la interacción social.

            Recordemos que Marx y Engels sostienen en La ideología alemana que el lenguaje es tan viejo como la conciencia… es la conciencia real, práctica, que existe también para los otros y que por tanto comienza a existir para mí mismo.

            Por su parte, Michel Foucault en Las palabras y las cosas sostiene que hasta finales del siglo XVI (en la alborada de la modernidad) la semejanza había desempeñado un papel constructivo en el saber de la cultura occidental. “En gran parte fue la semejanza la que guió la interpretación de los textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte de representarlas. La pintura imitaba el espacio, la representación se daba como repetición: teatro de la vida o espejo del mundo”.

            Según Foucault, lo que ha cambiado desde la primera mitad del siglo XVII (y es El Quijote la obra literaria que marca la pauta; para muchos la primera novela de la modernidad) es todo el régimen de los signos, las condiciones en que ejercen su extraña función. En el umbral de la modernidad “el signo deja de ser una figura del mundo; deja de estar ligado por los lazos sólidos y secretos de la semejanza o de la afinidad a lo que marca(…) El signo debe encontrar su lugar en el conocimiento; no esperar silenciosamente la venida de quien puede reconocerlo. El signo puede ser inherente a lo que designa o estar separado de ello; el signo aparece porque el espíritu analiza”.

            Hasta el siglo XVIII los estudios del lenguaje tenían como eje y punto de comparación la estructura gramatical del latín, incluso muchos años después de ser ésta una lengua muerta. Chomsky considera que con Wilheim Von Humboldt (1820) dio comienzo la lingüística moderna, ya que fue él quien sugirió que los estudios del tema debían abandonar su estrecha y pragmática preocupación por la confección de diccionarios y por la vigilancia normativa, para dedicarse a la comparación estructural de las lenguas del mundo, con vistas a extraer de este tipo de estudios pautas universales.

            Homboldt se hallaba interesado en la diversidad de las lenguas porque creía que éstas reflejaban lo más característico del desarrollo de cada cultura y así lo indica el título de su obra más famosa: La diversidad de estructura de las lenguas y su influencia en el desarrollo intelectual del género humano.

            Al respecto, Roland Barthes dice que “la lengua me obliga a enunciar una acción poniéndome como sujeto, de manera que a partir de ese momento todo lo que haga será consecuencia de lo que soy; la lengua me obliga a elegir entre masculino y femenino y me prohíbe concebir una categoría neutra; me impone comprometerme con el otro, ya sea a través del usted o del tu: no tengo derecho a dejar imprecisa mi relación afectiva o social”. Incluso, Barthes adjudica al lenguaje características coercitivas y lo relaciona con el ejercicio del poder.

            Umberto Eco es más preciso al sostener en La estrategia de la ilusión que la lengua, más que un dispositivo de poder, es un modelo de poder “la lengua es un modelo de aquellos otros sistemas semióticos que se establecen en las diversas culturas como dispositivos de poder y de saber”

            La lengua es coercitiva –continúa Eco- pero “su carácter coercitivo no depende de una decisión individual, ni de un centro desde donde irradian las reglas: es un producto social, nace como un aparato restrictivo justamente por el consenso de todos; cada uno es renuente a tener que observar la gramática, pero consiente en ello y pretende que los demás la observen porque ahí encuentra su beneficio”

            Sin embargo, el mismo lenguaje es un elemento en donde se pueden hacer “trampas” para ir más allá o evitar esas relaciones de poder.

            El proceso de significación, entonces, no es un mero intercambio de signos o incluso un proceso de comunicación aséptico, sino que a través de él se proyecta y se intercambia todo un complejo cultural y de poder.

 

Los miedos a las masas  y  los medios de comunicación

Cuando los periódicos, las revistas, el cine, la radio y la televisión hacen su aparición, el lenguaje adquiere, como instrumento de poder y de comunicación, nuevos elementos mediadores en el intercambio simbólico entre los hombres. Las sociedades ya constituían entonces, y desde antes, aglomeraciones humanas que empezaron a ser conocidas como “masas” y surge así la cultura de masas, ligada desde un principio a los medios de comunicación y a la debutante industria cultural.

            La irrupción de las masas empezó a causar incertidumbre y hasta miedo al establishment burgués (en su acepción clásica, no marxista, del término) que se había establecido como base de la modernidad, en contraposición de la hegemonía de la nobleza cortesana, pero que ahora se veía amenazado con la aparición de las masas irracionales.

            Uno de los pioneros de los estudios sobre psicología de masas, fue sin duda el célebre Gustave LeBon, aquel teórico conductista cuya obra Psicología de las masas (1895) era lectura de cabecera de Joseph Paul Goebbels, ministro nazi de Educación y Propaganda, en la conformación de una opinión pública adicta a Hitler y al nacionalsocialismo a través del uso de la prensa y la radio principalmente.

            LeBon, para ser concreto, fue uno de los primeros en plantear las formas diferentes en que actúa la persona como individuo y como masa. Cuando se confunde en una masa de personas, el individuo diluye su sentido de responsabilidad, disminuye su capacidad de raciocinio y puede llegar a perder la cordura y actuar de manera irracional, como producto del contagio anímico y escudado en el anonimato del monstruo colectivo. Pero así como la masa es irracional –argumenta LeBon y aplica Goebbels- igualmente puede ser conducida mediante la agitación dosificada en frases cortas y pasionales, para dirigir su fuerza social hacia determinados objetivos.

             El asombro y miedo hacia las masas, en aquellos finales del siglo XVIII y principios del XIX, también fue descrito por el pensador y político francés Alexis de Tocqueville, en su obra maestra La democracia en América, en cuya elaboración entre 1835 y 1840, realizó un largo viaje por Estados Unidos, que lo llevó a visitar también la ciudad de México. Tocqueville vislumbró la dificultad para alcanzar una plena democracia igualitaria en esos conglomerados urbanos que conoció en sus recorridos por las principales ciudades de Estados Unidos, caracterizadas por la explosión industrial y la concentración masiva de mano de obra.

            El filósofo español, José Ortega y Gasset también describió su horror hacia la capacidad irracional de las grandes concentraciones humanas y el surgimiento de las grandes ciudades, empezadas a conocer entonces, ya en el siglo XX, como urbes o manchas urbanas. El título de una de sus obras más conocidas lo dice todo: La rebelión de las masas, que es una visión ilustrada y aristócrata de la hegemonía del fenómeno de masificación de nuestra cultura y de la irracionalidad con la que actúa la masa iletrada.

            La literatura y el cine del siglo XIX y principio del XX también nos describen, con gran profusión, la concentración masiva de individuos en las ciudades, en los barrios, en las fábricas, las oficinas y los cuarteles, así como la movilización masiva de trabajadores y migrantes, de manifestantes huelguistas y revolucionarios.

             

El análisis del discurso

Con este marco, procedo a destacar aspectos relevantes del discurso de Luther King a la luz del método de Teun A. Van Dijk a partir del texto “El discurso como interacción en la sociedad” del libro El discurso como interacción social, compilado por el mismo autor.

           

ACCION

El discurso de Luther King, es una acción de enorme intencionalidad política, arropada en un simbolismo de muchas aristas. El acto representaba un punto culminante de un movimiento nacional que tenía su desenlace en la capital estadounidense, mediante una megamarcha de más de 200 mil personas, algo inédito en Estados Unidos en esos años; una marcha que seguramente erizó la piel del gobierno y los poderes reales de la capital mundial de la democracia, la libertad y la igualdad.

            Esta intención es muy clara desde el primer párrafo: “… en la que pasará a la historia como la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestra nación”.

            La referencia a Lincoln “bajo cuya sombra simbólica nos encontramos” y a la misma Declaración de Independencia, será el argumento que marcará la línea discursiva, reforzada con la idea de que “cien años después, la vida de las personas negras sigue todavía tristemente atenazada por los grilletes de la segregación y por las cadenas de la discriminación”.

            El uso de la metáfora y los recursos retórico-comunicativos es sencillamente magistral. Aunque de ello nos ocuparemos en el apartado de la ideología, queremos referirnos a ello por la razón de a quienes va dirigido el mensaje:

a) los manifestantes, a quienes interpela mencionando −en algunos casos hasta dos veces− el lugar de donde provienen: Mississipi, Alabama, Carolina del Norte, Georgia, Luisiana, los suburbios y ghettos de las grandes ciudades del Norte, New Hampshire, Nueva York, Pennsylvania, Colorado, California, y

b) a los poderes del establishment americano, a quienes bombardeaba con el doble discurso de la masa reunida y del verbo encendido.

            El mensaje a los manifestantes es el que querían escuchar y por lo que habían viajado: reitera el estado de no libertad (se cuida de no mencionar la palabra “esclavitud”), la brutalidad de la policía y la segregación, como la referencia a que “no puedan conseguir alojamiento en los moteles de las autopistas ni en los hoteles de las ciudades. No podemos estar satisfechos mientras la movilidad básica de los negros sea de un ghetto pequeño a otro más amplio”. El eje de la justicia racial es contundente cuando menciona el letrero emblemático: “sólo para blancos” Su discurso es un canto –literalmente- a los oídos de negros y blancos: “Tierra mía, es a ti, dulce tierra de libertad, a ti te canto…”.

El mensaje a los poderes, en cambio, tiene el filo de la fuerza serena; la fuerza de la palabra acompañada del rostro tranquilo; sin gestos grandilocuentes, hablando desde un pódium ubicado a la misma altura de la multitud, con mensaje implícito de no estar por encima de ella.

Advierte del peligro de los “torbellinos de revuelta” pero apela a la cordura y madurez de la lucha civil pacífica.

Es clara su referencia a que “No es tiempo de darse el lujo de refrescarse o de tomar el tranquilizante del gradualismo. Ahora es tiempo de hacer que las promesas de democracia sean reales… de alzar a nuestra nación desde las arenas movedizas de la injusticia racial a la sólida roca de la fraternidad…”

No deja lugar a dudas de la advertencia: “Los torbellinos de revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que nazca el día brillante de la justicia”.

 

CONTEXTO

El contexto social del discurso en análisis era intenso y variado, pero en un mismo sentido de emergencia social reivindicadora. Movimiento de los derechos civiles de los años cincuenta y sesenta. La década de diversas expresiones de grupos tradicionalmente inhibidos: los afro-estadounidenses, las mujeres, los nativos estadounidenses, los descendientes étnicos blancos de la “nueva inmigración” y los latinos.

            Estilos de vida “contraculturales” promovidos por los hijos de la generación de la segunda guerra mundial, caracterizados por un pluralismo cultural y étnico. Los movimientos cristianos y estudiantiles que exigían pacíficamente igualdades sociales. La figura de Luther King era la encarnación de todos ellos.

            El presidente John F. Kennedy fue asesinado el 22 de noviembre de 1963 dos meses después del discurso de Luther King, quien fue asesinado el 4 de abril de 1968. Meses después, es asesinado Robert Kennedy, hermano del presidente asesinado y opositor a la guerra de Vietnam.

            Apenas en 1965 los afro-estadounidenses consiguieron derecho al voto.

            Eran tiempos sin duda, de emergencia democrática en casi todos los países. Por eso los poderes reales de Estados Unidos sintieron terror ante las masas que marcharon sobre Washington y se concentraron, en un silencio amenazante, ante el vigor de la palabra del indiscutible líder: “Mil novecientos sesenta y tres no es un fin, sino un comienzo. Quienes esperaban que los negros necesitaran desahogarse y ya estarán contentos, tendrán un brusco despertar si la nación vuelve a lo mismo de siempre”.

           

PODER

Luther King no habló del “poder negro”, esa frase fue acuñada luego, habló sí, de libertad, igualdad y justicia. Habló del poder blanco y del fraude cometido, en alusión metafórica al sistema bancario, al poder del dinero, cimiento y orgullo del imperio consolidado después de la segunda guerra mundial. “Es obvio hoy en día que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo concerniente a sus ciudadanos negros”

            No anteponía un poder ante otro poder; enarbolaba valores; al único poder que apeló aparece en la última línea del histórico discurso: “Gracias a Dios todopoderoso, somos al fin libres!”.

            Es el poder persuasivo del que habla Van Dijk, el que “no se basa en una amenaza implícita, sino más bien, en argumentos u otras formas de persuasión”

            El poder de persuasión respaldado por más de 200 mil personas que nunca antes habían sido reunidas y mucho menos para exigir lo que supuestamente era la base ideológica del poder del imperio más grande de la historia, ante quien “…habían venido a la capital de nuestra nación en cierto sentido para cobrar un cheque”.

 No era un poder el que interpelaba… era una autoridad moral que reclamaba una deuda… en la misma escala de valores del poder hegemónico… era otro tipo de poder que controlaba el contexto.

 

IDEOLOGÍA

El movimiento por los derechos civiles no era propiamente un movimiento ideológico, sino reivindicativo. Claro que debería tener una base ideológica, ya que “todos necesitan desarrollar un sistema básico que les permita a sus miembros actuar como tales”, como sostiene Van Dijk.

            La gramática del movimiento estaba orientada por un grito contenido de libertad e igualdad, que amenazaba con estallar ante la dignidad lastimada por un poder que se basaba en el color de la piel.

            La válvula de escape de la esclavitud o de todo tipo de dominación es la religión. En el cristianismo se habían refugiado varias generaciones que habían ya olvidado sus creencias originarias del continente del que provenían sus ancestros.

            La filosofía cristiana protestante fue la idea fundadora de Estados Unidos de América y a ese espíritu fundacional apelaba plenamente. Doctorado en Teología, Ministro cristiano, entrenado en el uso de la retórica para extender la Palabra, la ideología religiosa fue entonces el motor del discurso de Luther King, y sus metáforas eran dardos que impactaban el centro de las conciencias. Sean falsas o verdaderas, originales o inculcadas como parte del dominio, las referencias a la biblia protestante alimentaban el sueño que debían alcanzar por medio pacífico, no por la violencia:

“Tengo un sueño: que un día todo el valle será alzado y toda colina y montaña será bajada, los lugares escarpados se harán llanos y los lugares tortuosos se enderezarán y la gloria del Señor se mostrará y toda la carne juntamente la verá”

Sus argumentos tenían dos fuentes:

La palabra de la Constitución: “… que todos los hombres han sido creados iguales”.

La palabra de la biblia: “… no, no, no estamos satisfechos y no estaremos satisfechos hasta que la justicia corra como las aguas y la rectitud como un impetuoso arroyo”

 

Comentarios Finales

Y primero fue la palabra…

            La palabra es la que mueve al mundo.

Los grandes discursos han marcado el rumbo de la historia.

El análisis del discurso “Tengo un sueño…” de Martin Luther King fue una oportunidad de tener una nueva lectura, no sólo del propio texto, sino de su contexto histórico, y tener una idea menos incompleta del presente.

El método del discurso como interacción social, es un instrumento que se presta para ser utilizado en la práctica profesional del periodismo y de la Comunicación en general, por lo que esta hipótesis de Van Dijk es enteramente válida y útil. De este modo podremos desarrollar las “funciones estratégicas” del lenguaje de una manera más consciente, más eficiente y más responsable. Chetumal, Quintana Roo, mayo de 2009.

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